La salud mental y todas sus derivaciones siempre le resultaron al hombre un tema tabú. Así como durante todo el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX se encerraba y se sometía a miles de individuos a cruentos tratamientos por no encajar en los cánones normativos de la sociedad, a partir de la llegada del nuevo siglo XXI comenzaron a ponerse en duda aquellas viejas concepciones comenzó a flexibilizarse el duro prisma a través del cual se las interpretaban las conductas de los seres humanos.
Cuando el 9 de noviembre de 1989 cayó finalmente el Muro de Berlín también cayó una de las mayores dicotomías que dejó como consecuencia la Segunda Guerra Mundial: el mundo bipolar. Sin embargo, una vez destruido, el mundo comenzó a contar las miles de historias de aquellos que padecieron esa división durante años y el cine, como una enorme fuente histórica, las transformó en guiones cinematográficos y las llevó a la pantalla grande. Así es como en menos de una década, el Muro de Berlín se transformó en un tópico cinematográfico y desde entonces nunca dejó de alimentar en la audiencia las ansias de conocer y seguir descubriendo cómo se vivieron aquellos años, desde el interior del sistema.
De todos los países de Latinoamérica que sufrieron las inclemencias del Pan Cóndor en los años 70, Paraguay fue uno de los que menos catarsis posterior hizo. Mientras que la mayoría de las dictaduras promovidas por EEUU – pensadas para frenar el avance comunista- terminaron apenas iniciados los años 80, Paraguay la continuó hasta 1989, año en el que Andrés Rodríguez Pedotti destronó a Alfredo Stroessner, dictador que se había perpetuado en el poder durante treinta y cinco años en los que cometió un sinfín de violaciones a los derechos humanos y perpetrando uno de los casos de terrorismo de estado mas sangrientos de la historia actual latinoamericana.
El 17 de diciembre pasado la llama votiva que encendió a una de las más grandes actrices de Iberoamérica, se apagó de repente. Quien portaba ese fuego alimentado a base de talento y deseo era ni más ni menos que Marisa Paredes, la mujer que no sólo le puso el cuerpo a los personajes más recordados y adorables de la cinematografia en español (fue miembro de la Academia de Cine de España) sino que, además, supo llevar a su país a ocupar un sitio de privilegio en la historia del cine para siempre. Hija de padres de clase media (siempre recordaba que llegó a ser una estrella siendo la "hija de la portera") en su juventud comenzó a hacer teatro vocacional y, desde entonces, nunca más se detuvo hasta convertirse en una verdadera leyenda.
Que Hollywood y el star system americano fueron, son y serán una picadora de carne nadie lo puede negar. Sobre ese tópico trillado hasta el cansancio y una necesidad innegable de mostrar las filias y fobias de las que padece el corazón del mundo del entretenimiento es que la directora francesa Coralie Fargeat construyó una de las películas más interesantes de los últimos tiempos no sólo por la renovada y particular forma de abordar el tema sino por cómo experimentó con el lenguaje cinematográfico. En La sustancia Demi Moore interpreta a Elisabeth Sparkle, una famosa profesora de gimnasia que desde hace años lidera la audiencia con un programa de esos que abundan en las mañanas y que tienen a las amas de casa como fieles seguidoras.
Una pareja de rusos (Andrei, un escritor y Eugenia, una traductora) llega hasta unos baños termales en la ciudad de Vignoli, una antigua y alejada población de la península itálica. En el lugar, se dan cita los más extraños personajes (poetas, escritores, artistas plásticos, personas con desequilibrios emocionales) y conviven diariamente pasando sus días en la más apacible de las estancias.El motivo por el cual Andrei viajó desde su Rusia natal, es poder recabar la mayor información posible acerca de Ravel Sasnowsky, un compositor de música clásica que por el 1700 habría usado los baños como sitio elegido para inspirarse y llevar a cabo su prolífica obra. Eugenia, la mujer que lo acompaña y que debe oficiar de traductora, está enamorada de él, pero Andrei ni siquiera lo intuye.
El genocidio perpetrado en 1915 a manos de los turcos para eliminar a buena parte del pueblo armenio significó, desde entonces, un tópico para el desarrollo de diferentes manifestaciones artísticas. Si bien una enorme cantidad de pintores, músicos, escritores y poetas trasladaron a sus artes uno de los más traumáticos episodios de la humanidad, fue el cine quien alcanzó –por su efecto de masividad y su cualidad para trascender fronteras lingüísticas y culturales- el reconocimiento mundial de la tragedia vivida por el colectivo armenio.
En 2019 Pedro Almodóvar estrenó su película número veintiuno bajo el título Dolor y Gloria y allí contó la historia de Salvador Mallo, un cineasta sesentón con varios problemas de salud y al que se la ha vuelto casi imposible seguir filmando. A partir de ese conflicto existencial (para muchos quizás no lo sea, pero para un cineasta el no poder filmar, sí lo es) y con el correr de la trama, el espectador acaba descubriendo que el Salvador de la historia en realidad es él y que su pelo canoso, los afiches de los años 80 y esa nostalgia que arrastra fotograma tras fotograma no habla sino de lo que le está sucediendo en ese momento, ya con su madre recientemente desaparecida y con una serie de patologías lo alejaron de los sets durante un largo tiempo.
Redactor/Editor
Periodista, Crítico de cine y docente. Desde 2004 edita el presente sitio y realizó coberturas de festivales de cine nacionales e internacionales, además de colaborar con diferentes medios gráficos y radiales de habla hispana. Actualmente dicta cursos de cine a través del sitio www.cursosdecineonline.com