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01 Apr
01Apr

Así como muchos países utilizan las conmemoraciones históricas para llamar así a algunos años en los que aquellas se producen (Ej, el año del libertador San Martín o el Año de la Memoria) el 2024, dentro del mundo de cine, debería ser resemantizado como el Año de los Nosferatus en pantalla o el de los No nacidos. Con el estreno de la reversión de Nosferatu de Robert Eggers, la Abigail de Tyler Gillets y el Vourdalak de Adrien Beau, el año 2024 les regaló a los amantes del género del vampirismo uno de los mejores años de toda su historia.  

Sin embargo, el hecho de que se hayan estrenado tres films de temática vampírica no significa que hayan resultado un éxito ni mucho menos logrado la aceptación esperada por parte del público (sólo bastaba con oír algunos de los comentarios de los espectadores a la salida de Nosferatu de Eggers para corroborar la enorme decepción sufrida por algunos y, en el caso de Abigail, el hecho de  traer la trama vampírica a la actualidad le quitó a la película los elementos de época que los amantes del género piden como excluyentes provocando que el producto final no sea el esperado, al menos tal como se forjó en el inconsciente colectivo de la audiencia)

Ahora bien, más allá de que las tres películas en general resultaron una promesa mayor que aquello que brindaron en pantalla, Le Vourdalak es una de las que vale la pena ser rescatada de la hoguera y que se la piense no sólo como una pieza que costó mucho trabajo realizar, sino que, además, porta en su trama y desarrollo una serie de elementos que la vuelven una sublime rareza dentro del nuevo cine francés. 

Si se tiene en cuenta que la mayoría de los films que versan sobre vampiros fueron inspirados a partir de la matriz original que significó la novela de Bram Stoker supone un enorme acierto (al punto de que se le agradece) de su director la elección del texto La familia del Vurdalak de León Tolstoi de 1839 en el que se cuenta la historia de una familia gitana que habita en las gélidas estepas de la Serbia del siglo XVIII y que - por una fatalidad del destino- deben convivir con un Vurdalak (ente que deambula entre el mundo de los vivos y los muertos) luego de una de las tantas guerras que asolaron a la región por aquellos años. Así es como con aquella historia original entre manos, Adrien Beau logró un film minimalista, de extrema belleza y que logra superar algunos clichés que el mundo del séptimo arte no se suelen perdonar pero que, en su caso, tiñen la pieza de una auténtica originalidad y una estética más que particular.

El primer elemento que llama la atención en el film es que se haya filmado en formato 16 mm, ya que a través de esa lente, el espectador asiste a un juego subjetivo en el que no sólo siente estar inmerso en la historia que se pone en pantalla sino que, además, a través de algunas de las distorsiones de imagen que acarrea el antiguo formato, le configura la idea de que está asistiendo a un relato que se encuentra a medio camino entre la realidad y una experiencia verdaderamente onírica y que lo llena de preguntas tales como ¿Es real el Vurdalak con el que convive el conde a su llegada ? ¿Que mal atormenta a Sdenka, la misteriosa mujer con esa estética que se devanea entre gitana y alma tenebrosa?  

El segundo elemento que se desprende del análisis está relacionado con una rara característica que posee el film (a diferencia de lo que sucede con la mayoría de las producciones del género) y que es la de carecer de elaborados efectos especiales, de la confección de un personaje de utilería acorde a la trama (elemento indispensable en este tipo de películas) o la elección de elaborados maquillajes para lograr un Vurdalak majestuoso y que genere en el espectador miedo, repulsión o ambas en partes iguales,  lo cual no solamente no sucede en esta puesta sino que, por el contrario, la ausencia de cada uno de ellos acaban siendo beneficiosos para el desarrollo de la trama ya que alejan a la audiencia de la gratificación sensorial de la vista o el oído y los acerca a la profundidad de los diálogos, a experimentar los diferentes estados de ánimo de los personajes y atravesar en carne propia la fría y desoladora bruma que subyacen en cada uno de los planos distorsionados y llenos de claroscuros más que interesantes.

El hecho de que su director haya superado el trauma de la Nouvelle Vague (ese del que sufren los nuevos cineastas franceses cuando intentan aparecer inteligentes inundando la escena con diálogos que terminan en meros actos de banalidad o en simples actos de autosatisfacción de los guionistas)  es otra característica del film y que merece ser rescatada dentro del plano de los aciertos. Asimismo, la adecuada elección de los actores y el trabajo que el director realizó con cada uno de ellos desde un abordaje teatral, dieron a la pieza un aspecto intimista, orgánico y cargado de poesía en cada una de las acciones que los personajes despliegan con el discurrir de la historia.

Más allá de que el Vurdalak de Adrien Beau resulta una pieza significativa para el género de vampiros y logra un lugar de prestigio dentro de la cinematografía francesa, su valor más alto es el demostrarle a las nuevas generaciones de cineastas que, ante la falta de recursos para llevar a cabo grandes producciones, se debe apelar al minimalismo estético, a la composición de escenas en las que abunden la reflexión y los diálogos profundos y a una serie de actuaciones quese esfuercen en visibilizar los verdaderos ropajes del alma antes que los que podrían proveer costosos vestuarios o fastuosas escenografías.

Calificación: *** (Buena) 

EL VURDALAK (Francia-2023) Dirección: Adrien Beau, Elenco: Ariane Labed, Kacey Mottet-Klein, Gregoire Collin, Vassili Schneider, Claire Duburq, Gabriel Pavie, Erwan Ribard, Fotografía: David Chizalett, Duración: 95'-Color

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