Cuando el escritor alemán Erich María Remarque publicó en 1928 su obra Sin novedad en el frente, expuso ante el mundo un lienzo que dejaba entrever las luces y sombras de uno de los acontecimientos más horrorosos que marcó el inicio del siglo XX. Cada una de las escenas que se describen en la inolvidable novela exhiben el lado más siniestro que significó aquella contienda y bajo identidades de ficción, logró que sus personajes se transformaran en testimonios fidedignos y ejemplificadores del horror y la desesperación humana como nunca antes se había visto. Así es como finalizada en 1918 (con la firma del Tratado de Versalles) comenzó a consolidarse en la población el imaginario de aquella Primera Guerra Mundial gracias a las fuentes que dejaron los nuevos medios de comunicación y que bajo las formas de relatos orales, fotografías, audiciones radiales, material fílmico y cientos de libros que analizaron el fatal proceso político, le permitieron a aquel hombre de inicios del siglo veinte hacerse a la idea de que se debía trabajar muy duro para que no se volviera a repetir otra catástrofe como aquella.
De esa forma, la mayoría de las cinematografías mundiales se hicieron eco de aquellas historias que surgían de los diarios, los testimonios o las novelas y las llevaron a la pantalla grande, alzándose como una forma no sólo de formar a las nuevas generaciones en el oscuro inicio del siglo veinte sino, además, como un medio eficaz para exorcizar los demonios que aquel pasado traumático y horroroso les dejó en sus memorias colectivas y que arrastraron, en muchos casos, hasta el día de hoy. En ese sentido, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Rusia y Estados Unidos fueron quienes más horas de material fílmico le dedicaron al tema y, valiéndose de los géneros y las interpretaciones éticas y estéticas más variadas, lograron consolidar una especie de “Historia oficial” o versión hegemónica de la historia dejando por fuera a muchos países que, si bien participaron en la guerra y resultaron ser una parte gravemente afectada por ella, no se les permitió contar sus propios relatos ni visibilizar sus participaciones que, aunque para muchos fueron menores, nunca dejaron de exigir ser tenidas en cuenta como parte ineludible de la gran historia global.
Valiéndose de este último argumento, el joven cineasta sueco Magnus Von Horn decidió filmar La chica de la aguja, una fábula cargada de horror que transcurre en un pueblo danés de 1918 cuando falta muy poco para que finalice la contienda. Allí, su cámara se centra en el personaje de Karoline (Vic Carmen Sone) una costurera que trabaja sin descanso en una fábrica textil de su pueblo y quien, por las vicisitudes de la época, un buen día termina en la calle, sin hogar y con el fantasma a cuestas de un marido aparentemente muerto en la guerra, del cual no tuvo noticia en los últimos años. Ante el negro panorama social (y la opaca vida que le toca vivir) ella encuentra en su trabajo un refugio que le permite evadirse de su realidad y hacer un poco más llevaderos sus días en aquel universo.
Y allí es donde comenzará a tejer una relación con el dueño de la fábrica, quien no sólo se enamora de ella, sino que, además, le ofrece casamiento, lo cual ella lo ve como la posibilidad tan soñada de vivir sin necesidades y conocer la dignidad que hasta ese momento parecía no haber tocado a su puerta. Pero lo cierto es que, al momento de que le den el sí para convertirse en la esposa de aquel, la dueña de la fábrica (y madre de su prometido) la invita a desaparecer a cambio de una suma de dinero ya que por la baja condición social en la que está inmersa, implicaría un escándalo en la familia y en el círculo social al cual ellos pertenecen.
Ahora bien, con aquellos acontecimientos no termina el derrotero de desgracias para Karoline ya que apenas despedida de su trabajo y sin el hombre al cual ama, se encuentra con la noticia de que está embarazada, a la vez que la desalojan de la habitación en la que vivía. Y allí es donde la historia da un giro sorprendente porque, sumida en una profunda depresión y en un túnel sin salida, la muchacha decide poner fin a la vida de su hijo engendrado con el millonario y, mediante una aguja de tejer (método ilegal muy utilizado en aquellos años) se provoca un borto quedando prácticamente al borde de la muerte. Sin embargo, el destino aún le aguarda otra carta fatal ya que, a los pocos días de haber quedado frente a frente con la muerte, reaparece su marido, con claras secuelas de guerra y con el rostro oculto tras una prótesis que lo protege de exhibir el horror de sus facciones mutiladas.
Pero lo cierto es que, en medio de aquella desoladora situación, la muchacha conoce a una mujer que asiste a los baños termales de la ciudad junto a su pequeña hija y pronto forjará con ella una amistad sincera. En poco tiempo se transforma en empleada de la bombonería de aquella y allí le es revelada la verdadera actividad de la mujer, quien lejos de vivir de la venta de chocolates, se dedica a comprar niños no deseados y “ubicarlos” dentro del círculo de familias adineradas y que padecen de algún problema de infertilidad para poder concebir los propios. Y en ese momento la historia da un segundo punto de giro exponiendo a Karoline a tener que descubrir quién es en realidad aquella mujer –en apariencias bondadosa y caritativa- que en lo más profundo de su ser esconde un secreto abominable, tan espantoso como las consecuencias que aquella “Gran guerra” dejó en el cuerpo y la psiquis de quienes la padecieron.
Si bien en los últimos años (propiciado por la aparición de autores llevados al cine como Hening Mankel o Stieg Larsson) el cine escandinavo dio numerosas muestras del enorme talento de sus cineastas, lo cierto es que, con esta pieza de Magnus Von Horn, parecen haber alcanzado su punto más alto. La combinación de una historia terrorífica con una composición de imágenes de las más exquisitas que se hayan visto desde los tiempos del Expresionismo Alemán hacen que la pieza se transforme en un verdadero oxímoron que al quedar expuesto frente a los ojos del espectador, lo hacen dudar acerca de si lo que está viendo es terroríficamente bello o bellamente terrorífico.
En ese sentido y con esos elementos, la pieza de Von Horn logra algo muy difícil de alcanzar en cine que es por un lado reflejar fielmente la mentalidad de una época y, por el otro, poner al servicio de la trama todos los recursos que ofrece el lenguaje cinematográfico. El resultado es una sucesión hipnótica de imágenes recargadas de lirismo y extrema belleza en las que se anida lo más terrible y bajo que la condición humana puede albergar, dejando en claro que la realidad fue, es y será mucho más impredecible y difícil de comprender que los mundos terroríficos o fantásticos paridos desde el seno de la imaginación o de la fantasía.
LA CHICA DE LA AGUJA, Dinamarca-Polonia-Suecia, 2024, Dirección: Magnus Von Horn, Guión: Line Langebek Knudsen, Magnus von Horn, Elenco: Victoria Carmen Sonne, Trine Dyrholm, Besir Zeciri, Ava Knox Martin, Joachim Fjelstrup, Benedikte Hansen, Fotografía: Michal Dymek, Música: Frederikke Hoffmeyer, Duración: 115´- ByN