Que la Argentina es un país con un pasado nigromántico nadie lo puede negar. Desde la vuelta a la democracia en 1983, muchas de aquellas historias que forjaron el pasado argentino fueron llevadas al cine nacional y alcanzaron algunos éxitos de taquilla además de servir como excusa para poner en órbita el insurgente cine vernáculo entre los más importantes de la cinematografía mundial. Si bien la industria del séptimo arte les dio un espacio a aquellas historias salidas de nuestro pasado oficial, lo hizo bajo el encuadre y la protección de géneros tales como el drama, la comedia o, rara vez, el formato documental y dejó de lado otros que se creerían más lógicos como el suspenso o el terror, sobre todo teniendo en cuenta la densidad de aquellos relatos y las posibilidades que ofrecen estos últimos géneros al otorgar una serie de elementos que hubieran hecho mucho más rica la experiencia y le habrían otorgado a aquellas piezas un valor artístico superlativo.
Y allí es done sobreviene una pregunta necesaria: ¿Por qué el cine nacional fue reacio a plasmar la historia argentina en el género de terror hasta al menos entrados los años dos mil cuando dos filmes como Resurrección o Los Inocentes torcieron el maleficio que parecía pesar sobre el género y abrieron un verdadero caudal de ideas que posibilitaron la consolidación del mismo en la historia del séptimo arte argentino? Y lo cierto es que, para pensar una respuesta que explique el interrogante, inevitablemente hay que apelar a la teoría histórica.
Así es como luego de haber analizado una serie de acontecimientos de la humanidad que resultaron traumáticos para toda la población mundial (siguiendo aquella frase de Karl Marx de que “nada de lo humano me es ajeno”) los historiadores observaron que desde el momento en que sucede el hecho traumático en una sociedad hasta que aquella puede procesarlo, aceptarlo y elaborar el duelo, pueden pasar una cantidad de años importantes, los cuales podrán variar de acuerdo al umbral de sensibilidad que tenga cada pueblo que lo padezca y a los condicionamientos culturales en que se hayan desarrollado.
Lo cierto es que durante ese período que dura la elaboración del duelo (o la asimilación del trauma) quienes lo atraviesan ven sus miradas y mentalidades teñidas por aquel proceso movilizador, el cual se irá modificando a medida que pasa el tiempo y en el que se podrán permitir abordarlos de un modo más próximo y menos doloroso, hasta que finalmente logren darse cuenta de que el tiempo alivió ese dolor y les dejó como consecuencia un cambio estructural en su cosmovisión. En el caso de nuestro país - donde la experiencia de la última dictadura argentina dejó como consecuencia la desaparición forzosa de más de 30.000 personas y un sinfín de historias que, aún hoy, resultan incomprensibles por el alto grado de atrocidad y ensañamiento contra un sector de la población civil- el cine sirvió para atestiguar de qué manera el pueblo fue asimilando ese trauma y de cómo las diferentes producciones que se hicieron referidas a ella dejan en claro que el paso del tiempo operó de manera positiva para la identificación de algunas temáticas o la forma de poner en imagen lo que durante años causó tanto dolor.
De ese modo, cuando se analizan algunas piezas sobre la dictadura argentina desde una perspectiva cronológica, se observa claramente un distanciamiento del trauma y la posibilidad de poner en palabras y mostrar de un modo más sutil pero no por ello, menos profundo, aquello que tanto dolió, duele y dolerá (un clásico ejemplo es analizar cómo aquellas escenas explícitas de tortura y violencia tal como se ven en La Historia Oficial o La Noche de los lápices, mutan a un modo más elíptico y hasta romantizado de la causa de aquellos años tal como puede verse en Garage Olimpo o en Sinfonía para Ana)
Pero sin lugar a dudas fue en 2019, con la publicación de Nuestra parte de noche (la multipremiada novela de Mariana Enríquez), cuando la literatura argentina asistió a un momento que para muchos pasó desapercibido pero que representó la primera incursión de la temática de los desaparecidos en una nouvelle de terror. En la trama, la autora hizo foco en una tradicional familia argentina que encabeza una secta conocida como “La Orden” y relata de manera explícita como muchos de los sacrificios humanos que se realizan para alimentar a las fuerzas del mal se hacen con la ofrenda de detenidos provenientes de centros clandestinos de detención, los cuales son especialmente entregados para dicho fin. Más allá de lo anecdótico del dato, podría tomarse aquella como la primera inclusión de la categoría desaparecidos en el género de terror y, quizás, haya que considerarla como una influencia inevitable en el universo del último film propuesto por los hermanos Nicolás y Luciano Onetti.
1978: EL AÑO EN EL QUE EL TERROR Y LA POLÍTICA FUERON LA MISMA COSA
Para su última producción cinematográfica los hermanos Onetti dejaron atrás las reminiscencias al giallo italiano, los clichés del género y la idea de que sólo se puede hace terror con seres y situaciones paranormales. Si bien en 1978 cuentan una historia de ribetes sobrenaturales y de gran pertenencia al mundo demoníaco, la elección temporal en la cual decidieron insertarla la vuelven no sólo más terrorífica aún sino, por el contrario, logran establecer una competencia entre aquel macabro 1978 en el que Argentina resultó campeón del mundo y una trama interesante en la que el contexto y la intromisión de la cámara dentro de la cotidianeidad de un centro clandestino de detención, la vuelven una pieza clave para entender en qué estado se encuentra la sociedad argentina respecto de aquel pasado traumático (porque queda claro que si no hubieran transcurrido cuatro décadas desde la vuelta a la democracia y no hubiéramos aprendido tantos pormenores de aquella traumática experiencia esta película jamás se hubiera logrado)
En la historia de los Onetti la cámara se centra en la intimidad de un grupo operaciones que se dedica a secuestrar personas para aniquilarlas y acabar así contra la “subversión”, tal fue la cruzada que caracterizó al Proceso de Reorganización Nacional entre 1976 y 1983. Por esos días Argentina llega a la final de fútbol en el histórico partido que jugó contra la selección holandesa y en un centro clandestino de detención camuflado en una casa de barrio, tres hombres (Mario Alarcón, Carlos Portaluppi y Santiago Ríos) determinan, delinean y ejecutan el plan de acción para obtener información de los detenidos y someterlos torturas y apremios cercenando su dignidad humana.
Ese año el pueblo se olvidó de que está bajo una dictadura, que el destino del país es de los más negros de toda su historia y los medios de comunicación dejaron de mostrar a las locas de plaza de mayo pidiendo por la aparición de sus hijos y se trasladaron al estadio de River Plate donde la felicidad era una sola y sólo parecía provenir de veintidos jugadores corriendo detrás de una pelota. Así es como en medio de aquel clima festivo los parapoliciales planean un allanamiento en un depósito en el cual creen que desarticularán a un importante grupo de guerrilleros y dan rienda suelta a la ejecución del operativo.
Y allí es donde lo sobrenatural acapara la pantalla ya que el grupo de jóvenes que secuestran no es el que ellos creían ser y, a partir de allí, se transformarán de víctimas en victimarios invirtiendo la carga del poder ofensivo y quedando a expensas de la figura literaria del “burlador burlado” con tintes escabrosos y muchas escenas que superan el terror y se acercan al gore. Si bien el film no alcanza los elementos para ser considerada una pieza “memorable” cuenta con un gran acierto que es el de haber corrido el riesgo de entrometerse con un tema que para el género había sido tabú y que, al ser visibilizado junto a una serie de elementos y referencias históricas de la época, no sólo sirven para crear el universo propicio para el desarrollo de la trama sino, también, para dimensionar el horror que significó la implementación de aquella dictadura que contó con el apoyo de buena parte de la población y que se abrogó la capacidad de “purificar la nación con sangre de guerrilleros” (tal cual como lo dijo un sacerdote adepto a la dictadura por aquellos años)
En cuanto a los elementos fílmicos, más allá de la excelente fotografía y la incorporación de efectos especiales que son vitales en piezas del género, es menester rescatar la labor actoral desplegada por la tríada Alarcón-Portaluppi-Ríos quienes hacen del film una pieza de enorme nivel y los deja en evidencia acerca de la enorme capacidad interpretativa al ponerles el cuerpo a tres personajes complejos, llenos de claroscuros y que son el fiel ejemplo de la amoralidad y sadismo en su máxima expresión (en el caso de Mario Alarcón mediante el recurso de la ironía, en el de Ríos a través de las posibilidades que dan siempre los personajes que padecen delirio místico y, en el de Portaluppi, como la representación más acabada y perfecta de “lo siniestro” )
El aspecto más interesante que presenta 1978 es que le propone un doble juego al espectador y, ya sólo por ello, merece la pena verla. Por un lado le ofrece una clásica horror-movie con todos los elementos necesarios para disfrutar de aquello que se espera de ella y, por el otro lado, expone una serie de elementos y referencias temporales que dejan en claro que siempre la realidad supera a la ficción, al mismo tiempo que dimensiona el espanto y lo siniestro que definíó a los grupos de tareas que amparados en la idea de guerra contra la subvesrión cometieron las atrocidades jamás antes vistas y la mayor violación a los derechos humanos de toda la historia argentina.
Calificación: **** (Buena)
1978 (Argentina, 2024) Dirección: Nicolás y Luciano Onetti, Elenco: Mario Alarcón, Carlos Portaluppi, Santiago Ríos, Agustín Olcese, Agustín Pardella, Fotografía: Kasty Castillo y Luciano Montes de Oca, Duración: 77 minutos-Color